Los abrazos.

Hay abrazos que te dan justo cuando lo necesitas, cuando tu mirada lo pide a gritos y tu cuerpo se deja acariciar de la forma más fácil posible, sin protestar ni decir que no. Abrazos de los que, aunque no tengan la capacidad de hacerte feliz, te hacen, por lo menos, sentirte entendido, querido.

 

Luego hay abrazos que te llenan de felicidad, que consiguen quitarte toda la pena y hacen que el mundo se parre justo en ese momento. Los abrazos de las personas que más quieres y qué más te quieren a ti, son esos los abrazos que alegran el alma.

También hay abrazos que duelen. Son los abrazos que das sabiendo que van a ser los últimos, queriendo que se alarguen para siempre, que nunca se acaben. Y cuando se acaban, te quedas con el recuerdo de ellos, bien impregnado en la memoria y, con el paso del tiempo,  los rememoras, una y otra vez.

Pero los que más duelen son los abrazos que no te dan. Que quisieras con cada centímetro cuadrado de tu cuerpo  que te dieran, pero no llegan nunca. Y la espera se te hace larga, el corazón se te estremece y aunque intentas hacer que el dolor sea menos intenso, ese hueco que podrían llenar esos abrazos no se llena nunca. Ni lo va a hacer.

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